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Diario de un desastre global

Mi mamá siempre me dice que tengo que aguantar, que tengo que ser fuerte. Desde hace mucho tiempo estamos viviendo rodeados de humo. Ya no veo el color azul del cielo ni las estrellas por la noche, ni siquiera recuerdo qué era eso, pero es lo que siempre he escuchado. Mi mamá me dice que desde el día en que nací esto ha ido a peor, pero no sé por qué, no sé a qué se refiere. Huele raro, todo huele fuerte. Mi papá me dice que es gas, contaminación. Hace calor, mucha. Yo no entiendo nada.

 Siempre he escuchado en casa que hubo gente que intentó impedir desde un principio que esto pasara, aunque no lo suficiente. Pero también que nadie pudo conseguir que ese hombre tomara consciencia y esto no continuara ni fuese a peor. Dicen que podría haber habido más opciones, que más gente tuvo la oportunidad de ponerse en contra y no lo hizo. Pero ya es tarde. Demasiado tarde.

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 Contaminación, esa palabra maldita. Ya no diferencio la luz de la oscuridad. Sólo hay terror en las calles. Gente muere a causa del terrible fallo que cometieron nuestros antepasados hace no tantos años. Por mucho que los científicos hayan investigado e intentado... ya no hay vuelta atrás. Más número de muertes y también de enfermedades desde que todo esto empezó. Un mal paso de un hombre condicionó la muerte de todo el planeta, lo doy por hecho. Y todo por culpa de la avaricia, el dinero; pasar por encima de todo lo demás sólo por dinero. Dejamos de cuidar el medioambiente y esto es lo que pasa. Desde que era pequeño he estado viviendo rodeado de esto. Hace diez años lo que escribí no fue semejante ni parecido a esta realidad. Ojalá pudiese inventar una máquina del tiempo para viajar al pasado, antes de que yo naciese, dar marcha atrás y cambiarlo todo, hacer que el día en el que todo cambió desapareciese. Pero no puedo. Aunque esa idea no sale de mi mente.

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 Han pasado ya más de treinta años desde que escribí esas últimas líneas. Hoy escribo la última página. Echo de menos todo aquello, en el fondo. Ya no hay esperanza, supongo que soy de los pocos que aún siguen con vida, no lo sé, estoy solo. Aunque que siga con vida no es algo bueno, no penséis eso. Estoy sufriendo mucho. Llevo muchos años sufriendo, pero aquí sigo. Vivo. ¡Y decir que hace no tanto tiempo esto no era ni parecido! ¡Dicen que la gente se moría de vejez! ¡Vejez! ¿Qué es la vejez? 

 Ya me quedan pocos días, por eso mismo quedo esto aquí grabado, mis memorias. Todavía no estoy completamente ciego. La contaminación ha podido con todo y con todos, ya no hay esperanza para la humanidad, si siquiera sabremos si para la vida en sí. No tengo ni tan siquiera voz, he perdido mis sentidos. No sé ni con qué finalidad estoy escribiendo esto, pues no sé si llegará a funcionar. Solo espero que con mi último aliento haga tomar consciencia a alguien del pasado, sí. Y diréis... ¿cómo es eso? Pues es relativamente fácil desde mi punto de vista. He logrado inventar una máquina del tiempo que envíe cosas al pasado. Sí, cosas. Tiene el inconveniente de que solo puede transportar objetos sin vida, inanimados. He aquí el porqué por el cual me hallo escribiendo esto, aunque en un principio la finalidad de mi diario no fue esta. 

 Soy de los pocos, por no decir el único, que han llegado a sobrevivir a las diversas enfermedades que se han propagado a lo largo de estos años por el mundo. Todas ellas debidas a la contaminación, a la destrucción de la capa de Ozono, al calentamiento global... He de decir que no soy el más afortunado por haber sobrevivido. Espero que, si esto llega algún día a manos de alguien que aún viva en un planeta Tierra en el que sea posible la vida, sea consciente del gran cambio que puede producirse tanto en su futuro, como en el de sus descendientes, como en el del resto de la humanidad y de la vida en general de nuestro planeta. Desde el día en el cual un político decidió romper un pacto para proteger el medioambiente, nada ha vuelto a ser igual.

 Mis más cordiales saludos, el último hombre de la Tierra que aún mantiene su esperanza.


Carmen Calvo

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